Llamando a la Tierra, M-Clan [3:57]
En una
isla larga del Mar Mediterráneo Americano (MMA) conocí a dos hermanas que
nacieron y vivieron allí hasta Nuestro Éxodo (NE). A pesar de las diferencias
de edad y vivencias anteriores, compartíamos nuestro quehacer y gusto por la
costura, las manualidades, el dibujo, la cerámica, el diseño, el
cine, el teatro, la literatura y el arte en general. Nos bastábamos para cualquier
larga y buena conversación, de gran lujo si conseguíamos que estuviera
acompañada por una taza de té y un trozo de pan con mostaza, y sazonada de vez
en cuando con agudos y mordaces razonamientos y comentarios. Ir al cine eran aventuras
en sesiones únicas en las que nuestra persistencia superaba las desventuras de
lo que la hermana mayor llamaba “lo real maravilloso”, como las tres o cuatro horas
de cola y retraso para no terminar de ver “Andréi Rubliov” de A. Tarkovski. O cuando
en el “Ideal”, en lo más profundo del casco histórico de la ciudad, desapareció
la imagen de la pantalla, se encendieron las luces, una mujer sacó la
cabeza por una de las ventanitas de los proyectores y nos dijo “ya, se acabó, falta el
último rollo”, y nos fuimos comentando que ese final para “Monty Python y el Santo
Grial” superaba cualquier ocurrencia de los MP. Después nuestras vidas
siguieron rumbos diferentes hasta que un Martes por la noche nos encontramos en
“La Rampa” viendo “La Caída de los Dioses” de L. Visconti y retomamos algunas
de nuestras viejas costumbres. Un buen día nos despedimos de la hermana mayor,
quien partió hacia una isla del Océano Atlántico (OA). Pocas semanas después viajé
a una península bañada por el OA y el Mar Mediterráneo Euroafricano (MME) tras
despedirme de la hermana menor, quien a su vez, meses más tarde emigró a una
península del MMA.
Al
final del cuarto año de NE, visité a la hermana mayor en su isla alta del OA.
Me deleité con “Arcadia todas las noches” y otras obras de G. Cabrera Infante, en
lugar de simplemente dormir en la pequeña biblioteca. Conversamos mucho,
paseamos y me enseñó una deteriorada casa terrera que le gustaba. Dos años más
tarde me trasladé a una isla vecina del OA y al año siguiente fui a la
península del MMA pero no pude ver a la hermana menor. En el octavo año de NE,
visité de nuevo a la hermana mayor quien ya había logrado comprar y reformar la
casa terrera. Me contó sobre los trabajos que ellos mismos hicieron durante
largos meses y especialmente sobre los de la parte que convirtieron en la
cocina. En algún rincón de esa parte, entre gran cantidad de sacos de tierra y
escombros que ella misma sacó, encontró algo curioso. Creo que pensaba que nos resultaba
común y me lo mostró. Se trataba de una edición de antes de NE, quizás de las
primeras, de “El Alquimista” de Paolo Coelho, con algunas anotaciones. Me
prestó el libro y me lo llevé a mi isla redonda del OA con la promesa de
devolverlo algún día. Pero tras leerlo se lo presté a un pariente quien se lo
llevó de ida y vuelta a la isla larga del MMA. Así me fui retrasando en
devolver el libro, junto con unas fotos que había hecho aquel día que la
hermana mayor me lo dejó. Y tanto que otro buen día me quedé sin empleo en
aquella isla redonda del OA que me asfixiaba, vendí mi casa y regresé a la
península del MME, con el libro y las fotos dentro de un sobre que había
preparado hacía meses o años para ser enviado de vuelta. No recuerdo qué
ocurrió pero después del año décimo tercero de NE, al fin le envié las fotos a
la hermana mayor aunque no el libro.
Una
calurosa noche del verano del décimo séptimo año de NE, sonó mi teléfono y una
voz familiar dijo mi diminutivo y quien era. Respondí con dos preguntas
básicas y rápidas: “¿dónde estás? y ¿cuándo te vas?”. Su respuesta fue “ven a
vernos ahora mismo”. Hora y media más tarde nos re-encontramos la hermana menor
y yo, y conocí a la familia que había venido desde la península del MMA y a
otra que tenía en la del MME. Cenamos y hablamos hasta casi el amanecer. Me
contó que habían hecho un recorrido por varias ciudades europeas y visitado a
su hermana mayor en la isla del OA, quien le dio mi número de teléfono. Por
suerte quedaban un par de días más para vernos, hablar y visitar juntas lugares
quizás soñados en nuestra juventud, antes de despedirnos. Contándonos nuestras
vidas en mi casa, me dijo que yo era, en el mejor sentido de la palabra, “una
vividora del arte”, y entonces decidí algo que me rondaba en la cabeza. Le
conté lo del libro que me había prestado su hermana hacía más de nueve años. Se
lo di y le pedí que se lo llevara consigo a la península del MMA, se lo leyera
y en todo caso fuera ella quien se lo devolviera a su hermana, retornándolo a
la isla alta del OA.
Han
pasado tres años desde el último encuentro y ahora me doy cuenta de que hace
meses que no sé nada sobre ellas, ni qué ha sido del ejemplar de “El
Alquimista”, si por fin salió de la península del MME rumbo a la del MMA, si regresó
a la isla del OA o si fue a parar a la del MMA. Mientras tanto, mi periplo por
islas y penínsulas continúa, aunque quisiera quedarme en el centro de una
península. No preveo el retorno a la isla larga del MMA tras NE.
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