Silent All These Years, Tori Amos [4:22]
Creo
que fue una tarde de finales de Noviembre, cuando me fui a comprar chocolates
con avellanas y almendras cerca del Mercat. Subiendo de vuelta, tras
cruzar la Travessera de Gràcia, vi a la derecha unos Tiós en una floristería, “El
Racó de les Flors”. Me quedé paralizada sonriendo toda tonta, sin saber
qué hacer, recordando lo que casi un año antes había leído sobre estos troncos que entonces ya me parecían
graciosos. ¡Era la primera vez que los veía de verdad! Me emocionó y ahora me
emociono de nuevo al recordar esa primera vez. Aquel día salí de allí con un pequeño
tronco con una nariz, unos labios y unos cachetes tan rojos como su barretina y
su mantica, y volví a por algunos más.
A los
Tiós les dan de comer para luego darles bastonazos y que defequen (se suele
utilizar otra palabra más conocida) regalos en Navidad. Esto es la tradición.
La imagino derivada del gran regalo que debieron significar el calor y la luz
brindados por un tronco quemado en los duros días de invierno, justo en los de
menos luz en el hemisferio norte, coincidiendo con el solsticio de verano del
hemisferio opuesto.
Le
hice un sitio a mi pequeño Tió en un extremo del escritorio y poco después me
sorprendí sonriéndole, saludándole y diciéndole algo cariñosamente. Pensé que
era mi amigo, como mismo el náufrago al que encarnó Tom Hanks encontró en
aquella isla desierta a un amigo, Wilson, en un balón. También en algún momento
recordé aquella historia de Jan Svanmejer, Otesánek (Little Otik),
la del pequeño tocón, pero pensé que mi caso era el primero :).
Días
después, un conocido me preguntó si había visto la Feria de Santa Lucía y le dije que a eso iba esa tarde-noche. Me dijo que me comprara un “pastoret”
(pastorcillo) para que me diera buena suerte. Le dije que sí y que
me había comprado un Tió y varios más para regalarle a amigxs. Desde la puerta, a punto de irse, me dijo que tenía que cantarle, me contó
sobre cómo era cuando él era niño y lo imaginé pequeño, mojando un palo en una acequia.
Le dije que me llevaría al Tió de paseo y de viaje, que lo llevaría conmigo para
que no estuviera solo. Más tarde, camino de la feria, recordé que una amiga se había
llevado el enano del jardín de la casa del padre de Amélie a viajar y ver mundo.
Vi
muchos Tiós en la Feria de Santa Lucía y en otros sitios pero ninguno era como
el mío. Me fijé en algunos bastones con cascabeles y cintas con los colores de
alguna bandera. Me gustó el sonido de los cascabeles. Quizás fue por los
cascabeles que pensé en el Principito y su flor, única en su planeta y para él,
tan diferente, a sus ojos, de todas aquellas flores, rosas parlanchinas, que
encontró en aquel jardín del oasis del desierto.
Aunque
me resulta gracioso y hasta enternecedor ver a los niños pequeños con los Tiós,
creo que con mi Tió las cosas serán algo diferentes. Yo comeré y él me mirará
con su mirada inclinada, lo arroparé y lo protegeré para que pasee y viaje
cómodo y no se dañe, nos haremos fotos para luego mostrarlas, mirarlas y
recordar todos esos momentos que pasamos juntos, pero no le daré bastonazos
para que (me) “cague” regalos. El regalo es que está aquí, conmigo, y que me
hace pensar en todas estas cosas. No es solo un Tió. No es como los demás. Es
mi amigo. Será, y de hecho ya es, ya somos, Solo-Tió. Ya lo verán y nos verán
:).
¡Feliz
Navidad! ¡Bon Nadal! Merry Christmas!
Winter, Tori Amos
[5:47]



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