Solo pienso en ti, Víctor Manuel [4:35]
Como
ocurría últimamente, dejó que la puerta de donde trabajaba se cerrara
lentamente, echó a andar y encendió un cigarrillo. Pensó en llamarle. Revisó el
correo. Nada nuevo … como era de esperar. Le echó un vistazo al periódico. Desde
junto a una puerta le envió un mensaje. Con paso lento, muy lento, se fue a
casa pensando, repasando. Al llegar se saludaron y preguntaron
mutuamente qué tal el día, y al dejarse caer en la cama le dijo a su compañera
de piso que se autoexiliaría de sí misma. Se quedó inmóvil. Cerró los ojos.
Pensó en que estaba al llegar visita de su compañera. Tenía que abrir un poco
la ventana y cerrar la puerta de la habitación.
En una
casa familiar de planta cuadrada, con matas de mango y mucha luz, se encontró
con su abuela. Estaba joven, como en una foto de la boda de sus padres y en
otra en la que le cargaba con pocos meses. Tenía el pelo ensortijado entre
oscuro y canoso y la mirada de siempre, que ahora recordaba triste, su propia
mirada. Abuela le mostró cómo estaba la casa. Por una rendija le enseñó una
habitación. Le contó que alguien se la había cogido y le había abierto una
puerta desde la calle. Le dijo que lo arreglarían. Aparecieron unas mujeres.
Una era ella pero no sabía bien quien era la otra, tal vez una con la que se
cruzaba a menudo por las mañanas. Conversaron algo y se fueron. En el pasillo,
junto a la cocina, frente a una mata de mango del patio, se encontró de nuevo
con su abuela. Se detuvo y le dijo que la había dejado, que debía volver, que
se había ido no sabía muy bien por qué, para ver mundo, porque quería vivir,
que quizás era hora de regresar pero que quería a una persona. Ésta, ella, era una
de las mujeres que aparecieron, conversaron y se fueron. Su abuela no dijo
nada, sonrió y desapareció.
Vio
que se había quedado medio dormida en una di-visión laberíntica de la que había
sido una casa alargada, y que se despertaba al sentirla a ella, la chica a la
que quería. Abrió los ojos y la miró. Intentó besarla en los labios pero ella
le dijo que no y se fue. Se levantó y comenzó a buscar algo, o a alguien, en
aquella casa-ex-casa de estilo colonial sin techo. Se topó con una chica menuda
y morena, indiecita, como se diría allí. Le preguntó quién era y qué hacía, le
respondió algo pero olvidó la respuesta. Entonces oyó una especie de timbre o
pitido de aviso y tuvo la certeza de que tenía que irse de ese
sitio, despertarse, salir de ese sueño. Ya sabía que aquello no era real, que
le faltaba oxígeno, que tenía que abrir la ventana de su pequeña habitación
interior. La última chica, la de la respuesta olvidada, le recordaba a alguien,
se parecía a una reciente ex-compañera de piso, pero ella, la del no-beso,
no era ella sino como imaginaba a una a quien no conocía y se parecía a otra
que no recordaba quien era. Y su abuela había muerto hacía un cuarto
de siglo, llamándole al amanecer. La echaba de
menos.
Con gran esfuerzo abrió los ojos y vio que ella le había respondido. Por fin logró levantarse de la cama. No sabía qué hora era ni si
había visita en el salón. Abrió la puerta de la habitación y su compañera de
piso le dijo: “¡qué de cansada has llegado del trabajo! ¡Cómo te has quedado
dormida! ¡Has roncado!”.
Entre
lágrimas y bebiendo una cerveza calentó lo que había quedado de las dos
últimas comidas. Cenó sentada en un taburete-escalera en la cocina mientras
pensaba en todo lo que no se había atrevido a decirle, en lo que realmente
ahora quería decirle. Por primera vez en muchos días se sentó a escribir.
Quería escribirle largo pero solo respondió: “Tu ms m despertó del soñar con
abuela y contigo. Llore cene escribo. Tengo q llamarte y decirte q te
echo de menos. Es tarde y lo hare mal pero lo hare”.
Enviar y recibir mensajes parece cierto. Lo demás no parece posible. Probablemente todo sea irreal, o imposiblemente real.
Enviar y recibir mensajes parece cierto. Lo demás no parece posible. Probablemente todo sea irreal, o imposiblemente real.
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