martes, 24 de junio de 2014

Imposiblemente real

Solo pienso en ti, Víctor Manuel [4:35] 

Como ocurría últimamente, dejó que la puerta de donde trabajaba se cerrara lentamente, echó a andar y encendió un cigarrillo. Pensó en llamarle. Revisó el correo. Nada nuevo … como era de esperar. Le echó un vistazo al periódico. Desde junto a una puerta le envió un mensaje. Con paso lento, muy lento, se fue a casa pensando, repasando. Al llegar se saludaron y preguntaron mutuamente qué tal el día, y al dejarse caer en la cama le dijo a su compañera de piso que se autoexiliaría de sí misma. Se quedó inmóvil. Cerró los ojos. Pensó en que estaba al llegar visita de su compañera. Tenía que abrir un poco la ventana y cerrar la puerta de la habitación.

En una casa familiar de planta cuadrada, con matas de mango y mucha luz, se encontró con su abuela. Estaba joven, como en una foto de la boda de sus padres y en otra en la que le cargaba con pocos meses. Tenía el pelo ensortijado entre oscuro y canoso y la mirada de siempre, que ahora recordaba triste, su propia mirada. Abuela le mostró cómo estaba la casa. Por una rendija le enseñó una habitación. Le contó que alguien se la había cogido y le había abierto una puerta desde la calle. Le dijo que lo arreglarían. Aparecieron unas mujeres. Una era ella pero no sabía bien quien era la otra, tal vez una con la que se cruzaba a menudo por las mañanas. Conversaron algo y se fueron. En el pasillo, junto a la cocina, frente a una mata de mango del patio, se encontró de nuevo con su abuela. Se detuvo y le dijo que la había dejado, que debía volver, que se había ido no sabía muy bien por qué, para ver mundo, porque quería vivir, que quizás era hora de regresar pero que quería a una persona. Ésta, ella, era una de las mujeres que aparecieron, conversaron y se fueron. Su abuela no dijo nada, sonrió y desapareció. 

Vio que se había quedado medio dormida en una di-visión laberíntica de la que había sido una casa alargada, y que se despertaba al sentirla a ella, la chica a la que quería. Abrió los ojos y la miró. Intentó besarla en los labios pero ella le dijo que no y se fue. Se levantó y comenzó a buscar algo, o a alguien, en aquella casa-ex-casa de estilo colonial sin techo. Se topó con una chica menuda y morena, indiecita, como se diría allí. Le preguntó quién era y qué hacía, le respondió algo pero olvidó la respuesta. Entonces oyó una especie de timbre o pitido de aviso y tuvo la certeza de que tenía que irse de ese sitio, despertarse, salir de ese sueño. Ya sabía que aquello no era real, que le faltaba oxígeno, que tenía que abrir la ventana de su pequeña habitación interior. La última chica, la de la respuesta olvidada, le recordaba a alguien, se parecía a una reciente ex-compañera de piso, pero ella, la del no-beso, no era ella sino como imaginaba a una a quien no conocía y se parecía a otra que no recordaba quien era. Y su abuela había muerto hacía un cuarto de siglo, llamándole al amanecer. La echaba de menos. 

Con gran esfuerzo abrió los ojos y vio que ella le había respondido. Por fin logró levantarse de la cama. No sabía qué hora era ni si había visita en el salón. Abrió la puerta de la habitación y su compañera de piso le dijo: “¡qué de cansada has llegado del trabajo! ¡Cómo te has quedado dormida! ¡Has roncado!”.

Entre lágrimas y bebiendo una cerveza calentó lo que había quedado de las dos últimas comidas. Cenó sentada en un taburete-escalera en la cocina mientras pensaba en todo lo que no se había atrevido a decirle, en lo que realmente ahora quería decirle. Por primera vez en muchos días se sentó a escribir. Quería escribirle largo pero solo respondió: “Tu ms m despertó del soñar con abuela y contigo. Llore cene escribo. Tengo q llamarte y decirte q te echo de menos. Es tarde y lo hare mal pero lo hare”. 

Enviar y recibir mensajes parece cierto. Lo demás no parece posible. Probablemente todo sea irreal, o imposiblemente real.

sábado, 7 de junio de 2014

Te echo de menos

Creo que no volverás, aunque de alguna manera estás. Me contaron que preguntaste por mí, una y otra vez, aquella noche que no amaneciste. En algún lugar amanecerá cada seis de junio pero tú no estarás, y, mientras, estoy en donde siempre soñaste. Creo que no podré volver a donde nos vimos la última vez, aunque estarán de alguna manera en mí, y les echaré de menos, espero, mientras sepa quién soy, hasta que mi mente se borre.
Si tú no vuelves, Miguel Bosé [5:10]